Buscar este blog

viernes, 10 de agosto de 2012

"El chino", novela de Henning Mankell

Idioma original: sueco

Título original: Kinesen
Año de publicación: 2008
Valoración: Está bien

Esta vez Mankell ha dejado descansar a Wallander, pero la ausencia del famoso detective no augura ninguna calma. Todo lo contrario. En la Suecia que recrean estas páginas, dónde todo es desmesurado, los crímenes se multiplican. Nada menos que diecinueve contamos en un thriller trepidante, que en su momento fue éxito de ventas – era fácil encontrarlo en el hiper delante de la caja registradora –, dónde se mezclan escenas truculentas con ambientaciones históricas, en cuya acción se implica a zonas muy distintas del mundo y que plantea candentes temas de actualidad. Todo esto por medio de una trama complicadísima que se inicia con la inquietante peregrinación de un lobo hambriento. Es verdad que, una vez abierto, el libro no se nos despega de las manos, y no sólo por las grandes dosis de intriga que contiene sino porque la desazón que provoca nos empuja a acabarlo cuanto antes.

Pero esta impaciencia tiene un límite, en un momento dado la tensión nos empieza a fatigar, el exceso de datos resta algo de interés, la complejidad de la investigación resulta forzada, artificial, poco creíble. Y, sobre todo, el hecho de trasladarnos a escenarios tan distintos en espacio y tiempo da lugar a que olvidemos un poco el motivo que nos había llevado hasta allí, es decir, los crímenes. Y este despiste relativo es el peor enemigo de cualquier producto del género negro. No es que las peripecias que suceden en el S. XIX no resulten apasionantes, sino que regresar al mundo actual para encontrarse de nuevo con la truculenta atmósfera que ya se había respirado da una pereza increíble.

Henning Mankell ha dado con una fórmula infalible para atraer lectores y mantenerlos fieles de por vida, pero repetir siempre lo mismo, por muchas satisfacciones que le haya proporcionado, puede cansarle hasta a él. Sobre todo si dicho autor es un temperamento inquieto, al que le encanta experimentar, profundamente comprometido con su época (desde hace 20 años vive en Mozambique, ha escrito sobre la infancia africana, el sida, la inmigración y el año pasado fue detenido por el ejército israelí en la flotilla humanitaria que llevaba víveres a los palestinos, en una acción que produjo nueve muertos) y que, debido a esa forma de ser, precisamente lo que más teme y detesta es volverse rutinario. Claro que todo tiene un límite y tanta complejidad, concebida con el fin de interesar y producir tensión dramática, puede desembocar en el efecto contrario. Y hay algo más, no es fácil, ni siquiera para un experimentado artesano del género, conseguir que elementos tan diversos ajusten perfectamente dando lugar a un conjunto coherente y verosímil. En el intento siempre se puede aflojar alguna pieza. Supongo que Mankell cuenta con ello y quizá confíe en que el lector, abrumado por la sobresaturación de datos no se dé cuenta del lugar exacto en qué chirría la maquinaria. Pero eso nunca funciona: puede que, sumergidos bajo al avalancha de datos, no seamos capaces de identificar los elementos discordantes pero no cabe duda de que notamos que existen.

Por eso, al volver la última página, y por mucho que hayamos disfrutado de los manjares servidos por Mankell, notamos que se nos han indigestado un poco. Y decidimos que, si volvemos a leerle, tendremos que elegir mejor.

[También de Mankell: Asesinos sin rostro, Antes de que hiele, Los perros de Riga, La leona blanca, El hombre sonriente, El hombre inquieto, El retorno del profesor de baile, Profundidades, etc ]